jueves, 5 de enero de 2012

Cómo escribir una novela y no morir en el inteno

Escribo este post rápido desde mi iPad, justo antes de ir a dormir, para dar explicaciones de mi largo silencio.

En primer lugar, quiero decir que este es un blog que nunca voy a abandonar. Puedo estar meses sin publicar un post, pero al final siempre acabo actualizándolo, debido a que este es un espacio que siento como mío. Un sitio donde expresar mis pensamientos cuando me apetece.

El motivo de mi escasa dedicación es variado y complejo. Una mezcla de graves problemas personales, dedicación al trabajo y a los estudios, esas cosas. Pero yo escribir, escribo. Por eso no os preocupéis. Mis dedos están ágiles. Y mi cabeza más despejada y solvente que nunca.

Estos últimos meses estoy dedicando el tiempo de blog al desarrollo de mi primera novela, cuya idea germinal se me ocurrió hace unos 5 años. Pero la vida pasa deprisa, y no he tenido el tiempo necesario para escribirla.

La novela era algo que tenía pendiente. Contaba con más de 50 páginas en borrador, muchas ideas en el cajón y una buena dosis de motivación y autoconfianza. Pero nunca encontraba el tiempo. Desde hace unos meses, he decidido dedicar al menos un poco de tiempo a la novela todas las semanas. Y los resultados empiezan a verse.

A decir verdad, ya tengo el guión casi acabado. Sí, señores (y señoras). Mi mente analítica de ingeniero me obliga a tener todos los sucesos que describa atados y empaquetados antes de dejar fluir la tinta. Y es algo que no es fácil. Muchas novelas de escritores consagrados pecan de tener una trama tan poco consistente como la mantequilla.

Y esto es algo que no me va a pasar a mí de ninguna de las maneras.

No quisiera ser prepotente, pero esta primera novela la voy a publicar. No es una primera novela típica, repleta de los típicos fallos del escritor novel. Está supervisada por el crítico más exigente de todos: yo mismo.

Una vez terminada, será un claro ejemplo del perfeccionismo más obsesivo que soy capaz de conseguir cuando hago algo con pasión. Sólo su esqueleto y sus primeros acabados constituyen unos resultados más que prometedores. Supongo que si algo refleja una novela es la perdonalidad de su autor. Y ésta va a tener mucho de mi carácter. Mucha originalidad y valentía. Y mucho de lo que reflexionar.

Estaréis, evidentemente, invitados a leerla.

Y yo agradecido si lo hacéis.

viernes, 14 de octubre de 2011

La Dolce Vita

Nota: Este relato lo tenía escrito en borrador desde hace algún tiempo, en unas hojas de papel. Mi inspiración fue el haber vivido en mi propia casa el cáncer. Mi intención con él es hacer una crítica social a varios asuntos que se pueden leer entre líneas, a la vez que romper una lanza a favor de los enfermos de cáncer, y darles todo mi apoyo para su recuperación. El relato es duro y claro, pero es real. Los enfermos de cancer se enfrentan a un peligro de muerte real, y muchas veces nosotros, sus familiares, sus amigos, no nos damos cuenta y no nos solidarizamos lo suficiente con su sufrimiento y su dolor. 

Soy consciente de que la sensibilidad de muchas de las personas que lean esto puede verse herida. No obstante, con este relato no quiero decir que una persona enferma de cáncer no tenga esperanza de sobrevivir. Por supuesto que la tiene, en especial si su diagnóstico es temprano. Pero mi intención es más la de concienciar a las personas sobre la gravedad de esta terrible enfermedad. Ya que, muchas veces, no comprendemos a los enfermos de cáncer porque adoptamos una postura de "no aceptación" que le "quita hierro al asunto". Y esto hace que muchas veces los enfermos de cáncer se sientan incomprendidos.

Por último, quisiera dedicar este relato a la memoria de mi padre. Lamentablemente, algunas cosas de las que explico sucedieron de verdad.


Amanda es una niña preciosa de 8 años. Cada día va al colegio con un vestidito y una mochila de Ratatouille. Es la niña más guapa de su clase. Tiene el cabello rubio y los ojos de color miel. Su cara es la seña de la inocencia más pura. 

Pero Amanda está muy triste.

El papá Amanda ya no habla mucho. No tendría mucho que decir, salvo remarcar lo muy puta que es la vida.

No piensa en nada. Ya ni siquiera piensa en que querría llegar a casa para abrazar a su hija. Porque no llegará nunca a casa. No saldrá nunca de ese hospital. Por lo menos no saldrá de él vivo. Porque sabe que va a morir. Y esa certeza tan desesperante es todo lo que ahora tiene sentido en su vida.

Su cabeza sólo puede pensar en que quiere vivir. No quiere morir. Y tiene mucho miedo. Está harto. Ya no aguanta más toda esa mierda. Lo que hay estirado en la cama no es él. Es un pellejo. Un tipo desconocido, consumido por el cáncer. No es él. Él es joven. No, definitivamente no es él.

Hace mucho tiempo que Amanda no ve a su papá. Él sólo piensa en curarse. Y en que está muy asustado. El papá de Amanda jamás imaginó que alguien podía llegar a estar tan asustado.

En la planta 13 del Hospital Universitario Germans Trias i Pujol las enfermeras hablan animadamente detrás del mostrador de la recepción. Se cuentan cotilleos ajenas al dolor insoportable que está a tan sólo unos pasos de distancia, dentro de las habitaciones, donde yacen los enfermos. Allí la muerte y el sufrimiento extremo son algo tan cotidiano que ya nadie parece prestarle mucha importancia. Salvo los enfermos y sus familias. Detrás de cada una de esas puertas hay un drama, una familia rota y alguien que va a morir.

El papá de Amanda tiene un nuevo compañero de habitación. Es un chico muy simpático. Tiene 33 años, y también tiene cáncer. A él le tuvieron que cortar la lengua y extirpar unos ganglios en el cuello. Cuando habla apenas se le entiende. Suele hacer bromas a las enfermeras, y no deja de hablar animadamente de sus hobbies. Pero lo cierto es que nadie puede entender ni la mitad de lo que balbucea. Todo el mundo le sonríe con condescendencia. A algunos se les ve la sombra de la incomodidad en sus rostros. Y de la compasión.
En esas habitaciones cada día se producen escenas que muestran una idea de hasta dónde puede llegar la miseria de la condición del ser humano.

Al papá de Amanda le gusta más este nuevo compañero. Su optimismo le anima. Admira que alguien pueda llegar a ser tan optimista en una situación asi. Incluso le transmite algo de esperanza. Anteriormente, había compartido la habitación con otro enfermo que llevaba años con cáncer, y se había vuelto loco. Estaba harto que las enfermeras lo tuvieran que limpiar cuando se cagaba encima, harto de la mierda de comida que servían en el hospital, harto de la quimioterapia que le quemaba las venas. Harto de no estar en su casa viendo tranquilamente la tele con su perro. Eso le decía a su hijo mayor cuando iba a visitarlo: que únicamente quería salir de allí y estar con su perro.

Si algo tiene en común la gente de allí es que todos están hasta las pelotas. Los familiares están hasta las pelotas de las horas muertas, las esperas, el sufrimiento de un ser querido, las prisas, las recetas médicas sin sellar. Hasta las pelotas de ir de culo, de esa puta pesadilla. Los oncólogos están hasta las pelotas de su trabajo. De que no hayan camas vacías, de las urgencias, de los sarcomas, de los casos raros, de las complicaciones de la quimio, de las familias desesperadas, de los pacientes que se mueren. 

Y los enfermos están hasta las pelotas de estar experimentando el infierno en vida.

Entonces se enciende el televisor. Hay un spot publicitario en blanco y negro. Anuncia una bebida alcohólica. Parece ser que son personas disfrutando en una fiesta muy elitista. Glamour, Lamborghinis, trajes de seda italiana y pulseras de oro blanco. Mujeres con las tetas a punto de reventar el vestido. Se palpa en el ambiente que sólo quedan unos minutos para que comience el desenfreno sexual. 

Sí, es un mensaje esperanzador. Tomaremos una copa de Martini, y entonces todo irá bien. Seremos como ellos.

La Dolce Vita.

Salvo para el enfermo que yace en la cama, consumido por el cáncer. Él sólo piensa en curarse. Y está asustado.

Cuando Amanda vuelve del cole, la casa está vacía. Enciende el televisor y ve un anuncio en blanco y negro. No entiende muy bien lo que significa, pero le gusta. Hay algo irreal y sofisticado en él que atrae su atención. Quiere ser como las personas que salen en ese anuncio.

Definitivamente, ella quiere ser así cuando sea mayor.


martes, 11 de octubre de 2011

To be in the ditch (Estar en la fosa)

Saludos, apreciados lectores.

Martes, 11 de octubre de 2011. Un día, cuanto menos, significativo. Y es que desde el 24 de mayo de 2011 no actualizaba contenido. Casí cinco meses sin publicar en el blog y, a pesar de ello, en numerosas ocasiones que he mirado las estadísticas de visitas, he visto que, a lo largo de estos meses sin actividad, "El Espejo: Invierte tu perspectiva" ha continuado teniendo visitas. Os doy mi más sincero agradecimiento por ello. Y como muestra de agradecimiento verdadero, hoy voy a hacer un post que os va a permitir conocerme un poco mejor.
En concreto, voy a hablar de una situación algo particular. Una dificultad que estoy seguro que todos hemos experimentado alguna vez. Comúnmente, se le llama "estar en la fosa". Expresión idiomática proveniente del latín... no... (LoL) No va por ahí.

La primera vez que escuché esta expresión fue allá por el año 2002, cuando yo era un pardillo recién salido del instituto y empecé mis estudios de Ingeniería Industrial en la ETSEIB (UPC), Barcelona. De mi época de estudiante guardo muy buenos recuerdos. La ETSEIB es un complejo formado principalmente por dos torres y algunos módulos anexos donde se encuentran los laboratorios de diferentes departamentos (mecánica, nuclear, electrotecnia, etc.). Las instalaciones eran antiguas, pero se habían llevado a cabo varias reformas que hacían del lugar un sitio acogedor.

Al entrar se debía seguir un largo pasillo hasta los ascensores. A mano derecho quedaba una sala de estudio que, en los primeros años de mi etapa universitaria, estaba compuesta de grandes mesas de madera muy deterioradas, y que posteriormente reemplazaron por nuevo equipamiento. También instalaron allí unos microondas, ya que los pocos de la cafetería no podían dar suministro a tanta gente que pasaba todo el día en la escuela. Se le llamaba "La Pecera", debido a que en la sala no había paredes, sino cristales que daban al exterior. Uno al parking, y otro a una especie de patio interior con plantas que daba acceso a las escaleras de emergencia de las dos torres principales del edificio, al cuál llamábamos "El Patio de los Monos". Lo llamábamos así debido a que alrededor suyo se alzaba una enorme estructura metálica que le confería aspecto de jaula.

Los primeros años, antes de que el Gobierno aprobara la ley que prohibe fumar en el interior de los edificios, uno no podía entrar en "La Pecera" sin salir algo colocado, debido a que todo el mundo fumaba cannabis en el interior, de modo que se creaba algo así como un "efecto submarino". Ahora que recuerdo aquellos días de libertad, sentado en un escritorio con una corbata que me oprime el cuello, no puedo evitar que me invada una cierta nostalgia murakamiana.

(Nota: Empecé a leer a Murakami durante aquella época. El primer libro que leí de él fue una novela titulada "Kafka en la orilla", que es casi mi preferida, sólo por detrás de "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo").

Sin embargo, no todo en la vida de un futuro Ingeniero Industrial es de color de rosa. A lo largo de la carrera, se tienen que superar numerosas asignaturas de una complejidad y un grado de especialización muy alto, que requieren de una profunda capacidad de razonamiento abstracto y de un esfuerzo constante por parte del alumno, que se debe extender por muchos meses. Únicamente así puede ser capaz de alcanzar los conocimientos y las habilidades necesarias para superar la dificultad de los exámenes finales. Y es que en esta carrera no es raro ver que buenos estudiantes que han dedicado muchas horas a la preparación de una materia, suspenden miserablemente el examen final por no haber sido capaz de "ver la luz", o tener la "idea feliz" que permita plantear la resolución del problema planteado en el examen.

A raíz de esto, muchos estudiantes dejan la carrera los primeros meses (cerca de un 50% de los que acceden a la titulación no supera la Fase Selectiva, que es un criterio de permanencia tan simple como aprobar todas las asignaturas del primer curso en un plazo máximo de dos años, lo cuál puede dar una idea de la dificultad de la titulación considerando que la nota de corte de PAAU ha sido de un 9,72 para acceder a la titulación en el curso 2011-2012 ).

Bajo este nivel de exigencia, es frecuente que los estudiantes entren en una fase de bloqueo mental y desmotivación que baja su rendimiento académico, lo que afecta a su vez al bloqueo mental y a la motivación, convirtiéndose en una espiral de dinámica mental negativa que lastra su rendimiento temporalmente. Los que permanecen en la carrera y superan la Fase Selectiva, rompen con esta dinámica y empiezan a avanzar a un ritmo considerablemente más alto. Pero durante el periodo de primer curso, cargado con 4 materias de matemáticas puras (Cálculo Infinitesimal I, Cálculo Infinitesimal II, Álgebra Lineal y Geometria) que suponen una gran diferencia de nivel con respecto a las matemáticas de bachillerato, muchos estudiantes entran en esta fase de bloqueo mental en la cual "no ven" la asignatura, y no asimilan los conceptos necesarios para superarla. Lo que da como resultado una torpeza sin igual en el momento de abordar problemas complejos. A este estado mental se le llamaba "estar en la fosa".

Afortunadamente, yo "salí de la fosa" hace ya años. Pero tengo que reconocer que lo estuve en su momento. Para salir de la fosa, la inmensa mayoría de estudiantes se apuntan a unos cursos de refuerzo independientes de la universidad en las denominadas "academias", donde preparan a los estudiantes de ingeniería para superar los exámenes finales, mediante una metodología que se enfoca menos en los conceptos teóricos y más en las estrategias y conceptos clave para la resolución de probemas de examen. Yo, al igual que muchos de mis compañeros y amigos, también asistí a estas academias para superar las matemáticas de primero de carrera.

(Nota: Creo recordar que alguien me comentó que el origen de la expresión "estar en la fosa" tuvo lugar en una de estas academias).

Una vez superado primero, el curso más turbulento, el estudiante suele estar preparado para afrontar el resto de la carrera con más optimismo y más facilidad al haber superado esta barrera psicológica de la adaptación a la vida universitaria. Y la barrera psicológica se supera gracias a una nueva forma de hacer las cosas. De alguna manera, los estudiantes de los primeros cursos de las carreras de ingeniería se adaptan a la forma de estudiar que conduce al éxito académico.

Toda esta idea viene a mi cabeza en muchos momentos de mi vida. Cuando tengo alguna dificultad que se prolonga en el tiempo, ya sea en el trabajo o en mi vida personal, intento pensar en la moraleja. Intento focalizarme en lo que me ocurre es que he entrado en una dinámica mental negativa. Pienso que "estoy en la fosa", pero que con la actitud adecuada puedo salir como ya hice una vez.

Si hay algo que está claro, es que para "salir de la fosa", no basta con esperar a que las circunstancias cambien. Si el entorno exterior es hostil, es hostil. No va a cambiar espontáneamente. Debemos hacer un esfuerzo para adaptarnos y superar las dificultades. Y ese esfuerzo implica un cambio en nuestro interior.

Ya lo dijo Albert Einstein: "La locura es seguir haciendo lo mismo esperando resultados distintos".

Invierte tu perspectiva.

miércoles, 5 de enero de 2011

Arquitectura sostenible (I)

Hoy voy a dar algunas referencias, a título introductorio, acerca de un tema que considero que es una de las piedras angulares del desarrollo tecnológico y humano de nuestra sociedad. Debido a la cantidad de información que me gustaría divulgar acerca de este tema, he visto necesario dividir este post en tres partes, que publicaré a lo largo de estas tres próximas semanas. Este primer post, como veréis, está dedicado a introducir unas meras generalidades acerca de arquitectura y sostenibilidad.

La arquitectira sostenible se puede englobar en dos grandes ejes de actuación: agua y energía. Estos dos ejes, respectivamente, darán lugar a los otros dos posts que tengo programados, que serán de contenido más técnico que el que nos ocupa hoy, y cuyo objetivo será la introducción de las tecnologías existentes para la mejora de la eficiencia y la gestión de la energía y el agua en las grandes ciudades.

En primer lugar, querría hablar un poco del significado de la palabra sostenibilidad. Hoy en día es una palabra que está en boca de todos, pero mi intuición me dice que muchas personas la utilizan sin saber exactamente a qué hace referencia. Estoy seguro que, si preguntáramos por la calle el significado de esta palabra, la mayoría de gente nos daría alguna idea vaga relacionada con la preservación del medio ambiente. Pero las implicaciones de esta palabra que está tan de moda van mucho más allá.

Toda sociedad tiene unas necesidades y unos recursos limitados. Como vimos en el post de hace unas semanas, Los verdes nucleares, la sociedad tiene unas demandas energéticas que están creciendo. Sin embargo, los recursos con los que contamos para generar esta electricidad son limitados, y además dañan el medio ambiente. Generalmente, no existe forma de satisfacer una necesidad social sin que hayan daños colaterales, y precisamente ahí radica la dificultad de la ecuación. Necesitamos electricidad para vivir, pero todos los medios para proporcionarnosla son dañinos en mayor o menor medida.

Satisfacer demanada es desarrollo. Es bienestar social. Generalmente, se consigue mediante la innovación tecnológica. Pero la innovación tecnológica casi siempre arastra consigo  un gran vagón lleno de inconvenientes y de nuevos problemas a resolver.

La economía es la ciencia que se encarga de gestionar los recursos limitados para cubrir las demandas de la sociedad. Sin embargo, una sociedad que únicamente toma sus decisiones en base a criterios económicos puede llegar rápidamente a ocasionar desequilibrios sociales y medioambientales que, en muchos casos, serían irreversibles.

Una definición amplia de desarrollo sostenible, es la que se propone en el tercer principio de la Declaración de Río de Janeiro sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, de 1992:

"El derecho al desarrollo debe ejercerse en forma tal que responda equitativamente a las necesidades de desarrollo y ambientales de las generaciones presentes y futuras"

Esto quiere decir que debemos utilizar los recursos y desarrollar nuestras actividades de manera que no comprometamos el bienestar generaciones futuras. Es decir, al realizar nuestro desarrollo económico, social y tecnológico, debemos tener presente el impacto que tendrá en la Tierra, ya que es la Tierra que heredarán nuestros hijos. Y el concepto no sólo se refiere a impacto ambiental, sino también a impacto social.

Esta definición más amplia de la palabra sostenibilidad queda muy bien definida con el concepto de triple bottom line. Triple bottom line es, básicamente, un conjunto de criterios indicadores para medir el éxito de una organización (por ejemplo, una empresa). En el sector privado, el compromiso bajo criterios de triple bottom line es lo que recibe el nombre de Responsabilidad Social Corporativa, y su significado es el de que una empresa no debe preocuparse sólo del lucro económico, sino de otros factores como el capital humano, social y medioambiental.

La arquitectura sostenible consiste en aplicar criterios de sostenibilidad cuando se aborda el diseño de un edificio, teniendo en cuenta aspectos como su impacto sobre el medio, la reducción del consumo de agua, el ahorro de energía y el uso de generadores de energía renovables que incluso puedan devolver electricidad a la red, el uso de materiales de construcción que no sean perjudiciales para el medio ambiente (incluso en su etapa de fabricación), o la recogida selectiva de residuos. Los edificios diseñados siguiendo criterios de arquitectura sostenible reciben el nombre de edificios verdes.


España es un país líder en energías renovables, gracias a empresas como Acciona o Iberdrola. La sede de Acciona Solar o la Torre Iberdrola son buenos ejemplos del esfuerzo de estas empresas por edificar un modo de vida más limpio y sostenible. Otros edificios, como el Water Building Resort van más lejos en factores como la transgresora belleza de su futurista diseño arquitectónico, y en funcionalidades como la capacidad de convertir el aire en agua potable.

 

Durante las próximas dos semanas seguiré con el tema de la arquitectura sostenible. El próximo jueves os hablaré de las iniciativas y tecnologías que existen alrededor del mundo para hacer ciudades sostenibles en consumo de agua. Llamaremos a estas nuevas tendencias La Nueva Cultura del Agua. Y, al jueves siguiente, os daré referencias de las tecnologías que permiten el ahorro de energía  en edificios, y la generación de energía con fuentes renovables para hacer edificios autónomos que no generan emisiones.

Está lleno de personas que se dejan llevar por su desconocimiento para criticar la despreocupación de nuestra sociedad en hacer un mundo mejor. Pero esto es falso. Hay, actualmente, muchas iniciativas que pretenden encaminar a nuestra sociedad hacia un futuro mejor. La edificación sostenible es sólo una de ellas. Yo creo firmemente en que, a medida que nuestra sociedad avanza, se está haciendo un mundo más justo y mejor. Tengo esperanza en el futuro del hombre. Realmente la tengo. Dentro de 100 años seremos mucho mejores, habrá más paz y el hombre vivirá más en armonía con el medio ambiente. Todo gracias al progreso de la innovación tecnológica.

Siempre se escucha a gente que únicamente está preocupada en destruir ideas, en criticar iniciativas, en decir lo mal que van las cosas. Insisten en lo muy jodidos que estamos. Pero, creedme, no es gracias a esta gente el hecho de que nuestra sociedad avance. Ésa es una postura contraria al liderazgo. La visión optimista del avance tecnológico es la que nos va a llevar a un futuro mejor.

Invierte tu perspectiva.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Cambia la estrategia

"Aquel que dijo más vale tener suerte que talento, conocía la esencia de la vida. La gente tiene miedo a reconocer que gran parte de la vida depende de la suerte. Asusta pensar cuantas cosas escapan a nuestro control. En un partido hay momentos en que la pelota golpea el borde de la red, y durante una fracción de segundo puede seguir adelante o caer hacia atrás. Con un poco de suerte sigue hacia delante, y ganas. O no lo hace, y pierdes. "

Es el encabezamiento de Match Point, película del año 2005 dirigida por Woody Allen y protagonizada por Scarlett Johansson y Jonathan Rhys Meyers. La película nos cuenta la historia de Chris Wilton, un hombre que a pesar de  no dejar de cometer errores imperdonables, de los cuales él es el único responsable, consigue tener una vida envidiable gracias a la buena suerte. 

La suerte es algo curioso. La mayoría de gente culpa de sus fracasos a la mala suerte de manera que, al final, uno puede acabar creyendo que la mala suerte es algo así como una fuerza oculta y misteriosa que acecha nuestras vidas con tal de robarnos la felicidad. Siempre hay una forma de culpar, directa o indirectamente, a la mala suerte por cada uno de nuestros fracasos.

Los fracasos están ahí. Uno no puede evitarlos, son el pan de cada día. El fracaso es relativo, para cada uno significa algo distinto. Pero todos nos hemos sentido fracasados alguna vez al no cumplir nuestras expectativas. No sentirse realizado profesionalmente, no tener autonomía económica o un desengaño amoroso pueden ser algunos motivos que pueden hacer sentir fracasadas a las personas. El fracaso es algo que está ahí. El fracaso es algo que existe, afecta a nuestra vida y tenemos que aceptar.

Las personas solemos obsesionarnos en sobremedida con nuestros propios fracasos. Los fracasos traen inseguridad, miedo al siguiente fracaso, y hacen adoptar a la persona que los padece una actitud defensiva y pesismista que predispone inexorablemente a otro fracaso. Es un círculo vicioso, un pez que se muerde la cola. En resumen: una dinámica mental negativa. Y una dinámica mental que no tiene fundamento.

Sin embargo, romper esta espiral no debería ser difícil con la predisposición mental adecuada. Y la suerte no tiene cabida aquí.

En primer lugar, hay que ser conscientes de lo que es la aleatoriedad. La aleatoriedad podría definirse coloquialmente como aquella propiedad que hace que los fenómenos que ocurren a nuestro alrededor sean impredecibles. Es decir, una persona que haga todo excelentemente bien no tiene porqué tener suerte. Uno puede haberse esforzado en labrarse un porvenir profesional prometedor, casarse con la mujer de sus sueños y formar una familia maravillosa para morir de un accidente de tráfico a los pocos años. En cambio, a un bala perdida que se ha pasado la juventud esnifando cocaína le puede tocar la lotería. No se puede luchar contra eso. Así es el juego. Es injusto, pero es así. No lo inventé yo.

Sin embargo, que exista la aleatoriedad no quiere decir que no haya correlación entre los esfuerzos que hacemos por mejorar nuestras vidas, y el éxito que tengamos. Y hablo de éxito en nuestra vida como algo totalmente incuantificable y subjetivo. Para unos el éxito será ser directivo en una empresa multinacional, para otros formar una familia y para otros ir a la India y hacerse budista.  Hacerse rico, ir a la Luna o tener una vida espiritual plena. ¿Qué más da? El éxito o el fracaso no es un estándar. El éxito o fracaso es la opinión que tenemos de nosotros mismos.

Hay una frase que me repito muchas veces al día: "El éxito no es un resultado. El éxito es una actitud". Yo creo en el éxito como una forma de ver la vida, una predisposición mental positiva y confiada para alcanzar aquellas metas que nos hayamos propuesto, sean de la naturaleza que sean. Una mentalidad abierta para el análisis y la capacidad de cambio. Y esta palabra es fundamental: cambio. Saber gestionar el cambio es la clave del éxito.

Es un síndrome muy común que las personas que fracasan (es decir, todas las personas del mundo en algún momento de su vida) se obsesionen con el objeto de su fracaso. Esto les hace entrar en una dinámica negativa de frustración, nuevo intento y reiteración del fracaso. Este tipo de actitud tiene una característica fundamental: la falta de análisis de la situación. Eso hace que la persona se empeñe en intentar una y otra vez aquello que la hizo fracasar, sin plantearse si no sería conveniente un cambio de estrategia.

Supongamos el caso típico de amor no correspondido. Días de bajón, canciones melancólicas de Belle and Sebastian, pensamientos negativos y, finalmente, aceptación del fracaso, periodo de lamentaciones, resentimiento, y falta de autoestima.

Éste sería el típico esquema mental de una persona que no está predispuesta al éxito. Las personas que estan predispuestas al éxito actúan de otra manera. Y la diferencia enre ambas es simple: la persona predispuesta al éxito acepta mucho más rápido el fracaso y cambia de actitud inmediantamente. Acepta el fracaso antes de que el fracaso se convierta en un lastre.

Ante un rechazo amoroso una persona con una autoestima alta y una actitud predispuesta al éxito reaccionaría de diferente manera. En primer lugar, no se vería afectada emocionalmente por el rechazo de otra persona, ya que su autoimagen no viene condicionada por valoraciones externas. Aceptaría que el amor es algo difícil de encontrar y que depende en gran medida de la suerte. Analizaría qué cosas ha podido hacer mal, para la próxima vez no cometer los mismos errores. Y, por último, valoraría el coste de oportunidad de estar dedicando tiempo a una interacción que ya ha resultado fallida, en lugar de explotar otras interacciones que potencialmente podrían desencadenar una relación amorosa.

Esto es tener una actitud orientada al éxito, lo cual no implica tener éxito siempre. Es más, uno puede tener innumerables fracasos amorosos con esta actitud. Pero la diferencia está en que: nos ayudamos a nosotros mismos a tener una actitud positiva y confiada; no nos obsesionamos con una interacción que ya ha fracasado; nos abrimos puertas a tener muchas más interacciones, y por consiguente, una probabilidad más alta de tener una interacción exitosa (no por mejora de nuestra habilidades, sino por simple probabilidad matemática al aumentar la muestra). 

Como se ve, el resultado es el mismo: un fracaso amoroso. Sin embargo, la forma en la que se afronta no es la misma. En eso consiste el éxito. Y que conste que esto no es un ejercicio de autoengaño. Se trata sencillamente de tener la fuerza mental suficiente para que un fracaso no comprometa el éxito en la siguiente actividad que decidamos emprender. Y quien mantiene esta predisposición mental a lo largo del tiempo, tiene muchas más posibilidades de ver sus objetivos realizados que aquellos que se ofuscan ante el fracaso. 

El ganador considera el fracaso como un proceso de aprendizaje natural, y el perdedor considera el fracaso como algo de lo que avergonzarse. Ahí está la diferencia. Debemos entender que todo el mundo fracasa. No hay nadie que no fracase. Hay que tener clara esta idea, y esto nos ayudará a perder el miedo al fracaso. Ya que el fracaso es normal.

No se me ocurre un ejemplo más claro de persona de éxito que el de Michael Jordan. No es ninguna barbaridad decir que Michael Jordan es uno de los deportistas de élite más admirados de todos los tiempos. No voy a citar sus logros deportivos, pero puedo asegurar que son de lo más meritorio que ha hecho alguien en toda la historia del deporte, y le han acabado conviertiendo en una verdadera leyenda. Hubo unos años en que tener a Michael Jordan en el equipo era ganar, independientemente de lo bueno que fuera el equipo contrario.

Sé que mucha gente no tiene respeto por los méritos deportivos de estos profesionales. Creen que sencillamente se trata de gente a la que se le da bien un deporte. A ellos sólo les puedo decir que el deporte profesional es una élite de la cual muy pocos elegidos pueden formar parte, y que requiere una dedicación a tiempo completo, mucho más grande que la mayoría de los trabajos. Para jugar en la  NBA se requiere una preparación física fuera de serie (el dopaje es algo común en el deporte norteamericano), una gran resistencia física y mental (el primer año, la mayoría de los jugadores padecen a mitad de temporada el rookie wall, que es una bajada espectacular de su rendimiento debido al agotamiento físico y mental al que estan sometidos), una gran preparación técnica y una gran concentración para poder competir con los mejores profesionales procedentes de todos los países del mundo.  El mérito del deportista que triunfa en una competición depende, lógicamente, de la profesionalidad de ésta. Y pocas ligas se me ocurren más profesionales y exigentes que la NBA.

El tipo de presión a la que estuvo sometido un deportista del nivel de Michael Jordan es enorme. Y conseguir el éxito una y otra vez en un entorno tan competitivo exige una predisposición mental óptima. De hecho, es muy común que en los deportistas profesionales de alto nivel se presente el síndrome de la nikefobia, o miedo al éxito. Es la típica escena de un deportista que está a punto de conseguir un gran éxito, pero en los últimos momentos se desinfla y comienza a cometer errores absurdos que boicotean su propia victoria. Ansía tanto el éxito que estar a punto de conseguirlo le produce estrés y ansiedad, lo que le lleva a sabotearse a sí mismo. Este síndrome es algo común en todos los deportes y en todos los niveles.

Pero a Michael Jordan no le afectaba la presión. Cuando llegaba el final de un partido importante con el marcador apretado, todo el mundo sabía que Jordan haría algo que decantaría la balanza. Lo sabía el público, sus compañeros, los jugadores del equipo contrario. Todo el mundo estaba pendiente de él. El equipo contrario, formado por jugadores profesionales de un nivel similar al suyo, iban a hacer todo lo posible para que no se repitiera la historia. Pero la historia se repetía. Una vez y otra. Y la diferencia la marcaba la fortaleza mental.

Michael Jordan dijo que en una ocasión:

"I've missed more than 9000 shots in my career. I've lost almost 300 games. 26 times, I've been trusted to take the game winning shot and missed. I've failed over and over and over again in my life. And that is why I succeed."

[He fallado más de 9000 tiros a lo largo de mi carrera. He perdido casi 300 partidos. En 26 ocasiones, el equipo me confió el último tiro para ganar un partido y fallé. He fallado una vez, y otra, y otra a lo largo de mi vida. Y éste es el motivo por el cual alcancé el éxito.]

(Ver otras frases de Michael Jordan)



El resumen es que el camino al éxito se comienza en nuestro interior. Hay que mantener una actitud positiva, confiada y segura. Tarde o temprano esto hará que consigamos objetivos, independientemente de las circunstancias externas a las que se les llama suerte.

Cuando algo no funciona, cambia la estrategia. Fijarse en un único objetivo acaba por obsesionarnos. Cuando algo no va bien, cambia rápidamente. Sin contemplaciones. Ésa es la única forma de no hundirte con tus fracasos. Porque hasta en la vida de la persona más exitosa del mundo hay un número mucho más alto de fracasos que de triunfos.

Lo más importante no es no fallar nunca, sino recuperarse rápidamente de los fracasos. Porque los fracasos están ahí. Vamos a fracasar. Seguro. Pero si somos suficientemente fuertes para perseverar, cambiar de estrategia, reinventar nuestra vida, lo más probable es que tarde o temprano aprovechemos una de las oportunidades que tan sólo esperan a que alguien las coja y alcancemos el éxito en la vida (signifique lo que signifique eso).

Invierte tu perspectiva.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Limitaciones en la percepción del ser humano

Percibimos lo que sucede en el mundo a través de nuestros cinco sentidos.

La vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto son los encargados de transformar la realidad del mundo exterior en información que nuestro cerebro procesa para darnos nuestra propia percepción del entorno. Esta percepción subjetiva del mundo es aquello a lo que llamamos realidad. Sin embargo, en el mundo suceden muchas cosas que el ser humano no puede percibir, lo cual nos guía inexorablemente a la conclusión de que hay una realidad subyacente más compleja y profunda que aquella que sí podemos percibir.

El ruido que hace el batir de las alas de una mariposa es un ejemplo banal de aquellas cosas que existen pero que no podemos percibir con nuestros sentidos. Un caso menos intuitivo se presenta cuando analizamos el espectro electromagnético visible.

La radiación electromagnética es la propagación ondulatoria de una perturbación del campo electromagnético del medio, que se propaga por el espacio transportando energía (hablamos de la magnitud física, que no se debe confundir con la idea mística y errónea que las medicinas alternativas, el New Age o las pulseras Power Balance han introducido en la cultura popular). Lo que diferencia a la radiación electromagnética de otras ondas (como el sonido), es que la radiación electromagnética es capaz de transportarse en el vacio, mientras que, por ejemplo, el sonido necesita de un medio (aire, agua, etc.) para transportarse. Existe un gran variedad de radiaciones electromágnéticas, que podemos clasificar según su longitud de onda, o bien su frecuencia, ya que el cociente entre la longitud de la onda y frecuencia da lugar a una constante fisica conocida como velocidad de la luz (300.000 km/s).

Clasificación de la radiación electromagnética [Fuente: http://www.madrimasd.org/]
Sin embargo, el ojo humano sólo es capaz de percibir las longitudes de onda electromagnética que esten contenidas en el rango de los 380 - 780 nanómetros. A este minúsculo espectro que el ojo humano puede percibir se le llama luz visible. Eso quiere decir que, aunque existen, no podemos ver las ondas infrarrojas que salen del mando de la tele para cambiar el canal, ni los rayos X cuando nos hacen una radiografía, ni la radiación ultravioleta que nos pone bronceados, ni las ondas de radio que nos permiten sintonizar un partido de fútbol. Pero sabemos que están ahí, aunque no podamos verlas.

Si extrapolamos esta idea, nos damos cuenta de que la realidad es mucho más que aquello que percibimos. Y, justamente, el trabajo de la ciencia es ir desvelando esta realidad oculta poco a poco, mediante el avance constante de la tecnología, los sistemas de medición y el pensamiento humano.

No todos los animales perciben la misma realidad a través de sus sentidos. Así por ejemplo, los perros son incapaces de ver el color de la luz (o son capaces de verlo en un grado mucho menor que los seres humanos), al igual que nosotros somos incapaces de ver las microondas. En un interesante artículo de la página web http://www.lular.info/, se nos explica (con un nivel de detalle muy superior al que expongo aquí, así que recomiendo leerlo) que los perros no tienen la capacidad de distinguir entre el color verde y el naranja (ellos ven una especie de gris). Esto es debido a que en sus retinas tienen menos conos (células de la retina especializadas en la identificación de colores) que los seres humanos. Sin embargo, los perros tienen más bastones en la retina, lo que les hace tener una mejor visión nocturna y detectar mejor el movimiento que nosotros.

Pero, tal y como hemos comentado, a pesar de nuestras limitaciones podemos conocer la realidad de una forma mucho más precisa que lo que nos permite la percepción humana. Y ver cómo es la realidad que no podemos percibir con el ojo desnudo puede llegar a ser algo muy curioso y divertido. Observar aquello a lo que no estamos habituados siempre es estimulante. Echad un vistazo al siguiente vídeo.


Time Warp (que  puede traducirse del inglés como "deformación del tiempo"), además de ser una de las principales canciones del musical de culto The Rocky Horror Picture Show, pone nombre al programa de Discovery Channel presentado por Jeff Lieberman, científico y profesor del MIT (Massachusetts Institute of Technology), junto con el experto en imagen digital Matt Kearney.

¿Te has intentado fijar alguna vez en cómo un perro usa su lengua para beber? ¿Cómo un huevo estalla al entrar en colisión con las aspas de un ventilador? ¿Cómo se deforma la cara de un boxeador instantes depués de recibir un puñetazo? ¿Cómo se revienta una manzana al recibir el impacto de una bala? Todos estos acontecimientos tienen una cosa en común: ocurren a una velocidad demasiado alta para que el ojo humano los pueda ver.

En Time Warp se usan las últimas tecnologías en captura fotográfica de alta velocidad para mostrarnos con todo detalle estos sucesos a una velocidad adaptada a nuestra visión, para que podamos apreciar todos los detalles de estos acontecimientos triviales que, vistos a cámara lenta, son un verdadero espectáculo.

Pero, ¿por qué nuestros ojos no perciben al detalle todos los movimientos? En el siglo XIX, el físico belga Joseph Antoine Ferdinand Plateau, definió el principio de la persistencia retiniana, que establece que una imagen permanece en la retina humana una décima de segundo antes de desaparecer completamente. Es decir, las imágenes que captamos en la retina no se borran instantáneamente, sino que permanecen en ella durante un brevísimo periodo de tiempo. Supuestamente, las imágenes se superponen en la retina y el cerebro las enlaza como una sola imagen visual, móvil y contínua.

Hasta ahora se pensaba que este principio es el mecanismo mediante el cual percibimos sensación de movimiento a partir de imágenes fijas, como sucede en el cine. La sucesión de fotogramas a 24 fps nos da una perfecta sensación de continuidad en el movimiento.  El vídeo muestra un zootropo, que funcionaba (según se creía) en base al principio de persistencia retiniana.


Sin embargo, la neurofisiología actual considera el principio de la resistencia retiniana un modelo obsoleto. La percepción de movimiento aparente a partir de una secuencia de imágenes estáticas se explica  debido al procesamiento en el cerebro de las señales eléctricas generadas en la retina. El error del principio de persistencia retiniana se debe a que considera el ojo como órgano periférico en el que no interviene el cerebro para el procesamiento de la información.

Pero hallazgos posteriores fueron desbaratado esta hipótesis. Por ejemplo, Donald Hoffman, profesor del  Departamento de Ciencias Cognitivas de la Universidad de California, publica en su libro Inteligencia Visual un estudio en el que una serie de sujetos con la retina completamente sana no pueden percibir el movimiento en el mundo real debido a una disfunción cerebral llamada akinetopsia, o ceguera al movimiento. En este artículo de la página web http://www.microsiervos.com/, se explica como el cerebro completa la falta de información visual que se produce durante los movimientos sacádicos oculares.

Un modelo que explica lo que nuestro ojo puede y no puede ver sería su capacidad de procesar frames por segundo (fps). En este artículo de Dustin D. Brand se explica exhaustivamente en qué consiste exactamente dicho modelo. Por debajo de unos determinados fps, la sensación de fluidez del movimiento se vería interrumpida. Es lo que nos pasa cuando vemos una película antigua, que se emitía a unos 16 fps. Actualmente, las películas se emiten a 24 fps, lo que nos da una sensación de movimiento bastante cercana a la realidad. Sin embargo, si los fps fueran demasiado rápidos, nuestro cerebro no podría procesar la información.

Es justo el problema que soluciona Time Warp con el uso del slow motion, o cámara lenta. La cámara lenta es un efecto visual inventado por August Musger en 1904, que consiste en rodar una escena con un número de fps superior al de la velocidad de proyección. Posteriormente, se proyecta la película a la velocidad normal de fps, con lo que la escena será más larga y se desarrolla más lentamente. En 1995,  el director Michael Gondry inventó un efecto visual derivado de la cámara lenta llamado Bullet time. Consiste en colocar una serie de cámaras fotográficas en diferentes posiciones, con muy poco espacio entre ellas, que tomaran imágenes de la escena a una velocidad muy alta. Posteriormente, se montan los fotogramas de manera que dé la sensación que la escena fue grabada por una cámara de vídeo en movimiento. Esta técnica se puso de moda con el estreno de la brillante película de los hermanos Wachowski, The Matrix.

En el vídeo podemos ver una famosísima escena de The Matrix, en la que Neo esquiva unas balas que le dispara uno de los agentes. Los movimientos de Keanu Reeves fueron grabados con la técnica Bullet time, de manera que se consigue un efecto de cámara lenta, a la vez que da la sensación de que fuera grabado con una cámara de vídeo que gira alrededor de su cuerpo mientras esquiva las balas. No seamos inocentes: obviamente cuando grabaron a Keanu Reeves no se disparó ninguna bala. Fueron introducidas sobre la escena posteriormente con efectos digitales.

Pensar en las limitaciones de nuestros sentidos nos puede hacer tomar consciencia de que la realidad que percibimos no es más que una pequeña porción del entramado de materia, fuerzas, energía, espacio y tiempo que da forma al Universo. Somos pequeños e insignificantes, y sólo podemos ver una parte minúscula del juego.

No lo olvides. Invierte tu perspectiva.

jueves, 16 de diciembre de 2010

El espejo del alma

"Dicen que todos perdemos 21 gramos en el momento exacto de la muerte".

Ésta es una de las muchas ideas equivocadas que el cine ha dejado en herencia de la cultura popular y el subconsciente colectivo. Es una cita de la película 21 gramos, obra cumbre del directo mexicano Alejandro González Iñárritu que en 2003 le valió 2 nominaciones a los Oscar y 5 nominaciones BAFTA. Según la película, estos 21 gramos son el peso del alma, el peso que todos perdemos en el momento en que nuestra alma se desprende del cuerpo.

Hay que decir que el mérito a esta idea tan romántica como poco realista no es de los guionistas de la película, sino del Dr. Duncan MacDougall, un médico de Haverhill, Massachusetts, que a principios del siglo XX realizó una serie de experimentos (de muy poca rigurosidad científica) con los que pretendía demostrar su hipótesis de que el alma humana tenía masa y que, lógicamente, el cuerpo humano debía de pesar un poco menos tras el momento de la muerte. La diferencia de peso antes y después de la muerte sería, obviamente, el peso del alma. Los resultados de los experimentos no dieron datos concluyentes (como era de esperar), aunque en la cultura popular quedaron registrados esos 21 gramos, supuestamente un promedio de las mediciones de MacDougall.

Para saber el origen del concepto de alma, nos debemos remontar a la aparición de las primeras escrituras, sobre el cuarto milenio a.C. En aquella época los egipcios ya pensaban que el ser humano estaba compuesto por varios elementos tangibles e intangibles. El Ba era el concepto más cercano a la noción occidental de alma.

Posteriormente, el credo órfico de la mitología griega expresaba, mediante la literatura, el alma como ente inmortal que recibe premios o castigos tras la muerte del hombre. El credo órfico inspiró a Platón para su idea de que en el hombre se encontraban dos principios opuestos: el cuerpo, perteneciente al Mundo Sensible, y el alma, ente intangible y eterno que vincula al hombre al Mundo de las Ideas.

El alma surge de la necesidad del hombre de tener una esperanza de vida tras la muerte, así como del desconocimento de cuál es la fuente de las pasiones y emociones que separan al hombre del resto de seres vivos. La falta de información acerca de la naturaleza de nuestro ser fue suplida por una suposición inventada, cuyo principio establece que el hombre tiene algo más que va más allá de lo material y que no puede morir nunca.

Sin embargo, a medida que avanzó el pensamiento y el conocimiento humano, aparecieron otros pensadores como Friedrich Nietzsche, que consideraba el alma como una invención que ayudaba a fortalecer la creencia de la existencia de un Dios. Tal y como defendió Nietzsche, uno de los filósofos más influyentes en el pensamiento contemporáneo, actualmente sabemos que, en efecto, nuestras emociones no proceden de un ente intangible y místico atrapado en nuestro cuerpo material.

Para entender de dónde proceden las emociones, no es necesario inventar cuentos fantásticos que, si bien pueden ser un excelente entretenimiento para adultos y pequeños, pueden alterar gravemente nuestra visión objetiva de la realidad. Basta con estudiar la parte más desconocida,  compleja y fascinante de la anatomía humana: el cerebro.

La característica más fundamenal de nuestro cerebro es que está formado por varias zonas que evolucionaron en épocas distintas. Cuando en el cerebro de nuestros antepasados se desarrollaba una nueva zona, la antigua no desaparecía. La nueva zona crecía encima de la antigua, de manera que el nuestro cerebro contiene su parte más primitiva en el núcleo y su parte más moderna y sofisticada en la periferia.

A la parte más antigua de nuestro cerebro se le llama cerebro réptil. Se trata de la esencia más básica de nuestro ser, y es la encargada de los institos básicos de supervivencia, como el deseo sexual, la búsqueda de alimento o las respuestas agresivas del tipo pelea o huye. El neurocientífico Paul MacLean escribió en una ocasión que "aún  tenemos en nuestras cabezas estructuras cerebrales muy parecidas a las del caballo y el  cocodrilo".

La capa intermedia del cerebro recibe el nombre de sistema límbico. Comprende centros importantes como el tálamao, el hipotálamo, el hipocampo y la amígdala cerebral. En el ser humano estos son los centros de la afectividad y las emociones. Sin ellos nuestro cerebro sería incapaz de distinguir la tristeza de la felicidad, y el ser humano no tendría sentimientos ni empatía.

Encima del sistema límbico se encuentra el neocórtex, o la corteza cerebral. Fue la última zona que apareció en nuestro cerebro y es la responsable del razonamiento y del pensamiento abstracto. La capacidad de planificar, el lenguaje o la imaginación provienen de la actividad de esta región cerebral.

Gracias al neocórtex el hombre es consciente de sí mismo, y tiene una compleja vida emocional que va más allá de las emociones primarias, lo que hace que sea un animal único entre todas las especies. Pasiones como el amor, la venganza, los ideales o la moral y la ética son consecuencia de esta posterior evolución del cerebro. Esta combinación entre sentimientos primarios y emociones más complejas es debida a que el sistema límbico y el neocórtex están en constante interacción. Esto también explica el hecho de que las personas podamos tener control sobre nuestras emociones. 


El amor es un sentimiento que, históricamente, se ha interpretado como algo místico que trasciende al plano físico. Ante el desconocimiento de la naturaleza del ser humano, es normal que el concepto de alma acuda al rescate. De hecho, todo el mundo ha oído alguna vez la trillada expresión de las almas gemelas. Sin  embargo,  gracias a los estudios del Dr. Donald F. Klein y el Dr. Michael Lebowitz, hoy en día sabemos que los cambios físicos y emocionales de la persona enamorada se producen porque el cerebro libera una gran cantidad de feniletilamina, un neurotransmisor de la familia de las anfetaminas. Éste es el motivo por el que una persona enamorada ve la realidad de forma distorsionada, padece insomnio y vive en un estado de excitación continua.

Es triste que habiendo llegado el conocimiento del hombre hasta este punto, todavía exista todo un negocio sostenido por charlatanes y estafadores que se alimentan del dolor de las personas que han perdido a un ser querido. Farsantes que se autoproclaman poseedores del don de comunicarse con los muertos, y familias que se gastan fortunas en contratar los servicios de cualquier trilero de feria con pocos escrúpulos.

Por suerte existen personajes públicos como James Randi, que ha dedicado gran parte de su vida a concienciar a la gente acerca de la gran cantidad de estafadores que se autoproclaman poseedores de dones tales como la predicción del futuro, la comunicación con los muertos o la sanación de distintas enfermendades, pasando por todos los placebos modernos, como la homeopatía, el Reiki o la reflexología podal, entre otras pseudociencias de baratijo que se inspiran en la obsoleta medicina oriental.

Randi fue un ilusionista que en los años 70 se hizo internacionalmente famoso por desenmascarar a un farsante llamado Uri Geller, que usaba trucos de ilusionismo para hacerlos pasar por poderes sobrenaturales. Randi escribió un libro llamado La magia de Uri Geller, en el que explicaba como Geller realizaba sus trucos.

En 1996 se creó la Fundación Educativa James Randi. La Fundación de James Randi ofrece un premio de 1.000.000 de dólares a aquella persona que pueda demostrar bajo unos rigurosos criterios de observación científica que, en efecto, tiene algún tipo de don o poder paranormal. Como era de esperar, hasta ahora nadie ha conseguido el premio. 

Sólo queda decir que hemos tenido la suerte de vivir en una época en la que el conocimiento del hombre ha llegado a un extremo capaz de desmitificar todos los dogmas establecidos en nuestra cultura desde hace miles de años, como son las religiones, las supersticiones y otras ideas que únicamente ayudan a que la gente se forme concepciones falsas de la realidad, y que permiten que aparezcan indeseables que pueden tomar ventaja de ello.

Karl Marx dijo en una ocasión que "la religión es el opio del pueblo".

Yo también digo que el conocimiento es poder. El conocimiento es la única forma que tenemos de despertar, de no dejarnos engañar, y de liderar a nuestra sociedad hacia un mundo en el que la gente no se tome en serio las ideas ridículas. Porque, en palabras de Che Guevara, "un pueblo que no sabe leer ni escribir es un pueblo fácil de engañar". Pero un pueblo que se cree las mentiras también. Por favor, no nos creamos las mentiras. Contamos con los recursos necesarios para ello.

¿Puedes ver tu alma reflejada en el espejo? Invierte tu perspectiva.